Durante años en casa fue lo mismo: pelear por las tareas. Que si le tocaba a uno o al otro, que si ya lo había hecho, que cuánto le correspondía por eso. Discusiones chicas que se repetían semana tras semana y que, sin darnos cuenta, nos desgastaban a todos.
La idea me vino un día yendo al trabajo, en el auto, pensando en la misma pelea de la noche anterior. Se me ocurrió que si escribíamos las tareas y lo que valía cada una en algún lado a la vista de todos, dejaríamos de depender de que alguien se acordara o de a quién le creíamos más.
Esa misma tarde se lo conté a mis hijos. Les gustó la idea y se metieron de lleno: ellos empujaron varias de las funciones que hoy tiene la app, cosas que a mí ni se me habían ocurrido, como los objetivos para ahorrar o el catálogo de recompensas. La armamos entre todos.
La empezamos a usar en casa, la fuimos ajustando con lo que nos iba pasando, y con el tiempo dejó de ser el motivo de pelea que era antes. Ahí pensamos que quizás no éramos la única familia con este problema, así que la pulimos un poco más y la hicimos pública.
Seguimos siendo esa misma familia usándola todos los días.